El cazador y el pigazo

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Justo se cumplían los 21 días que la pigazo hembra había pasado posada sobre sus huevos. Sin embargo, nada parecía moverse bajo su plumaje …

Al poco el pigazo macho se posó en el borde del nido portando una soberbia lombriz en el pico. Era la primera lombriz de la temporada, recogida para la ocasión del campo recién arado …

La pigazo se puso tan contenta que dio un brinco atrapando y degustando la sabrosa lombriz con la que había soñado durante cada uno de los 21 días …

Cuando, tras el deleite, se dio la vuelta para contemplar el nido presenció, junto con su pareja, el milagro de la vida. Vieron cómo se agrietaban los huevos, uno por uno, hasta que aquel coro de picos hambrientos comenzaron a reclamar su alimento …

Al poco, una bandada de tíos y tías pigazo llegó en formación al nido con los picos llenos de ricos presentes … Cuando los polluelos quedaron saciados, cesaron los trinos y se quedaron apaciblemente dormidos …

Todo aquello había sido contemplado y observado por un antiguo enemigo de aquellos pigazos: el sabio cazador.

Años atrás todo habría sido diferente. Pero ahora, tras haber convertido su escopeta en una máquina para hacer fotos, los pigazos podían sentirse seguros. De hecho, el sabio cazador era el único que podía cazar allí, ya que había comprado los derechos del coto por 10 años.

Unos pocos años atrás sucedió algo que cambió el destino del cazador para siempre: Estando en plena cacería, un pequeño pigazo se posó en el cañón de su escopeta y se puso a trinar. Aquel canto le resonó tan hondo que su instinto de cazador se vino abajo y en su lugar despertó algo que le habría de acompañar para el resto de sus días: un sincero sentimiento de amor y protección hacia aquellos seres alados ….

Sin embargo, aún seguía disfrutando de las delicias de la caza … Del rastreo, del acecho, de la espera e incluso del propio momento de apretar el gatillo, solo que ahora disparaba fotografías.